Elearning. ¿Cómo te llamo? Déjame contar las formas.

La veterana del elearning Cammy Bean hace un viaje al pasado y repasa los numerosos y variados nombres de lo que hacemos
  • 26 de enero de 2022
  • Blog
  • Blogs
  • 5 min de lectura
Última actualización:
Blog

A mediados de los años 90 (¡hace mucho tiempo, en otro siglo!) mi primer trabajo de diseño instruccional fue en una empresa de CBT. CBT significaba Computer Based Training (formación por computadora) y creábamos programas de formación codificados a mano que se entregaban a los empleados de nuestros clientes en CD-ROM o incluso se cargaban en portátiles que luego iban circulando para impartir la formación. A lo largo de los años siguientes, a medida que internet se apoderaba de nuestras vidas, empezamos a llamarlo WBT, de Web Based Training (formación por web). 

Cuenta la leyenda que fue Jay Cross —reconocido futurólogo del sector y gurú de la formación— quien acuñó por primera vez el término e-learning en 1998. Tenía sentido. Era “aprendizaje electrónico”, como ese novedoso correo electrónico o email que acabábamos de empezar a usar como modo de facto para toda la comunicación empresarial. El elearning —y si se escribe e-learning, eLearning o elearning sigue siendo motivo de acalorado debate— caló como término y prácticamente ha reinado desde entonces. 

Salvo por todos los demás términos que uno oye. 

El cambio es constante y a todos nos gusta un objeto nuevo y reluciente y un término nuevo al que aferrarnos. En mis más de 25 años en este negocio he visto ir y venir terminología. Y especialmente en estos últimos años, cuando todos nos recluimos en los confines de nuestro hogar durante una pandemia mundial y nuestros hijos empezaron a ir a la escuela en línea, los términos se han popularizado y se han multiplicado. ¡Es como si los términos elearning y aprendizaje a distancia se hubieran metido en una cueva y hubieran empezado a reproducirse y mutar en masa! Ahora tenemos un guiso de terminología aún mayor en el que sumergirnos y que hay que desentrañar para asegurarnos de que sabemos de qué habla la otra persona. Para ser sincera, resulta un poco confuso. 

Hablo con muchos clientes y clientes potenciales que buscan resolver problemas con mejores soluciones de formación y de apoyo al desempeño. Piden soluciones de tipo elearning usando terminología o jerga de la que a veces nunca había oído hablar. Por lo general, aun así entiendo la idea, porque ese es mi trabajo y es, en teoría, la razón por la que me llamaron. Así que repasamos la terminología y nos aseguramos de estar alineados y de estar hablando realmente de lo mismo. 

Pero no pasa nada, en realidad no es más que semántica, ¿verdad? ¿O sí? 

La mayoría de las soluciones de formación y aprendizaje de hoy en día incluyen algún elemento de contenido o actividades digitales. Incluso si estamos al 100 % en un aula presencial con un profesor, es probable que algún elemento de la experiencia implique un recurso digital. Nuestros hijos usan tarjetas didácticas en línea y juegos de matemáticas; hacemos en el portátil la formación obligatoria de cumplimiento normativo de la empresa; buscamos en YouTube un video de fontanería en el celular cuando intentamos arreglar ese grifo que gotea; hacemos una clase en línea y vemos una grabación de una videoconferencia; completamos una simulación en línea del proceso de ventas y obtenemos una puntuación que se comunica a nuestro responsable directo. Ya se hacen una idea. Sencillamente, lo digital forma parte de la mayoría de las soluciones de aprendizaje hoy en día, de una u otra forma. 

Esta nube de palabras ilustra algunos de los muchos nombres que damos ahora a nuestro querido elearning, o lugares donde pueden aparecer ahora las soluciones digitales:

Y no me molestaré en enumerar todos los nombres de productos que la gente usa para definir y etiquetar la solución de aprendizaje deseada. Bueno, quizá sí lo haga: Captivates, Storylines, Articulate, Brainsharks… Seguro que me he dejado alguno. ¡Háganmelo saber y lo añadiremos a la lista!

Así que la cuestión es esta:

¿Importa que tengamos tantos términos? 

En realidad, no. Solo es semántica. 

¿Hace que las conversaciones sean más confusas? 

Sí. Y la semántica puede meternos en problemas. 

¿Es importante que nos estandaricemos en un único diccionario de términos, un “canon” del sector, por así decirlo? 

Aunque estaría bien, lo veo casi imposible y, desde luego, no es una batalla en la que quisiera morir. 

¿Necesitamos asegurarnos de entender de qué habla la otra persona y educarla al respecto? 

Sí. Por supuesto. No importa cómo acabe llamando a aquello que crea, sino que cree la solución adecuada para resolver el problema adecuado. 

Si tiene un problema de desempeño y busca desarrollar las competencias de su equipo, reducir riesgos o cambiar comportamientos, llámenos. Podemos llamarlo como queramos, pero lo importante es que profundicemos en el problema para asegurarnos de diseñar la solución adecuada que tendrá el impacto adecuado.